Cuando a mí no me gustaban las luciérnagas
yo les tenía ese rechazo porque me parecían
fugaces. En realidad me habían decepcionado.
Me gustaban. Pero duraban muy poco encendidas.
Me producían una angustia. Yo era un niño bastante angustiado para aquel entonces.
Angustia como de morir. Como de no poder vivir...
Como si no pudieran vivir esa belleza que eran
aunque fuera tanta belleza.
Al final, duraban tan poco dentro de los minutos de la noche
como esos pocos días de verano dentro del largo año, que llegaba a endurecerme de frío.
Sin embargo. No sé si la noche cambió la distribución o densidad de los segundos dentro de los minutos, o el frío se difuminó o diluyó en otras nuevas estaciones, tal vez atajos o comunicaciones de días que antes parecían lejanos. Pero las luciérnagas me empezaron a gustar.
Ante la ausencia, lo más fugaz puede convertirse en algo muy valioso. Y la belleza puede ser humilde.
La ausencia no fue una condición externa, sino un vacío interno. Algo que pudo cambiarse. Algo que construyó una nueva presencia.
La belleza, entonces, pudo ser humilde. Pudo ser verdadera. Pudo trascender un primer dolor.
Ahora me gustan las luciérnagas aunque busco todavía un momento en el que pueda disfrutarlas plenamente. Busco la tarde de verano que se transforme en cielo estrellado de minutos llenos de segundos y luciérnagas dentro de intimidades amplias como un campo, intimidades libres y frescas, trabajadas y amadas como una porción de tierra.
Me gusta lo fugaz, la transformación, la creación y ese volver un aprendizaje a una angustia, o a un dolor. La vorágine de la vida, más allá de mí, donde yo pueda trascender mis límites o los que he creído han sido mis límites, me apasiona. Y lo que quiero me cierra por dos lados a la vez. Porque yo trasciendo hacia lo demás, dejando de sufrir porque se apague la luz de una luciérnaga, y porque lo demás se llena de mi experiencia, porque la noche fría se multiplica en estrellas y luciérnagas y en otras, tantas otras cosas, dentro de mí.
jueves, 20 de diciembre de 2012
jueves, 8 de diciembre de 2011
Relación-dimensión(es)
Una relación es una dimensión. Es un espacio. Es una libertad. Es una profundidad. Es una alegría, es un espacio, es un campo, es un juego, es una vida... Es una consciencia. Es una forma de verse. Es una de las caras (diferentes) ante las que somos auténticos. Una relación al ser sincera nos aporta la magia de la riqueza propia, lo particular que somos, lo mágico, lo bello, lo inteligente, lo múltiple, lo equilibrado, lo profundo. El equilibrio es lo hermoso que se puede lograr. Hay que formar el equilibrio, pero también hay que tener ojos para hacerlo, y hay que tener brazos, y piernas, y pene, y cara, y boca, y orejas, y espalda, y manos, y dedos, y pies y dedos de los pies, hay que estar despierto... hay que ser curioso, hay que estar asombrados, hay que ser creativo y tener fe, y creer y tener ilusión.
Lo bello es sentir la fuerza libre que después de explorar y explotar su libertad arma y ama su equilibrio, su belleza inmensa, su comunión.
Lo bello es sentir la fuerza libre que después de explorar y explotar su libertad arma y ama su equilibrio, su belleza inmensa, su comunión.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Árboles espirituales.
Los árboles no solo poblaron la atmósfera de oxígeno para que los animales que vinieran después pudieran respirar, sino que también hicieron crecer a los espíritus que más adelante pudieron manifestarse en los animales que hoy hay en el mundo.
Un león precisa saber que el viento mueve todas las hojas de su ser, y que el agua que ve correr por su tronco más adelante lo alimentará, antes de poder animarse a correr por el desierto...
Un león precisa saber que el viento mueve todas las hojas de su ser, y que el agua que ve correr por su tronco más adelante lo alimentará, antes de poder animarse a correr por el desierto...
miércoles, 7 de septiembre de 2011
Identidad de las relaciones, y relación de las relaciones.
Considerar la identidad no como una identidad de un cuerpo físico humano, sino como cada una de las relaciones humanas entre cuerpos físicos.
Imaginar, que cada una de las relaciones humanas, sinceras, las profundas y las no tanto, todas tienen su identidad. E imaginar por un momento, que los cuerpos de por sí no tienen identidad. Que la única identidad la dan y la sienten las relaciones entre las personas, y no las personas de por sí.
Esto podría llevarnos a sentir la identidad en un principio como algo ajeno, pero el asunto es asumir estas existencias múltiples para llegar a la relación de relaciones que seríamos cada uno de nosotros (cuerpos físicos).
Me parece muy valioso pasar por los conceptos de identidad de las relaciones en un momento, para percibir que todas nuestras relaciones tienen su cierta identidad, y para llegar posteriormente a ese concepto de la relación de las relaciones que conviven en uno mismo. Uno es, la relación de todas las relaciones que uno establece con todos los demás seres humanos.
Imaginar, que cada una de las relaciones humanas, sinceras, las profundas y las no tanto, todas tienen su identidad. E imaginar por un momento, que los cuerpos de por sí no tienen identidad. Que la única identidad la dan y la sienten las relaciones entre las personas, y no las personas de por sí.
Esto podría llevarnos a sentir la identidad en un principio como algo ajeno, pero el asunto es asumir estas existencias múltiples para llegar a la relación de relaciones que seríamos cada uno de nosotros (cuerpos físicos).
Me parece muy valioso pasar por los conceptos de identidad de las relaciones en un momento, para percibir que todas nuestras relaciones tienen su cierta identidad, y para llegar posteriormente a ese concepto de la relación de las relaciones que conviven en uno mismo. Uno es, la relación de todas las relaciones que uno establece con todos los demás seres humanos.
viernes, 17 de junio de 2011
Tres necesidades
El hombre tiene necesidades.
Tanto en unos tiempos como en otros, dentro de este eón en el que la humanidad, o sin ser tanto: a veces algunos sencillos grupos aislados de personas, hicieron la historia. Porque somos la suma de los hombres que viven la vida, en uno o en otro lugar. Y somos toda la suma, no somos más que eso. Nadie es, en su existencia… y en su cierto presente, algo más por ser miembro de alguna minoría solamente. Nadie es más valioso por ser más particular. Lo más particular está en ser una humanidad particular. Y... la humanidad particular es aquella que es hermosa, sea por obra divina de los dioses, por una voluntad del caos, o por pura casualidad.
Estas necesidades todos los hombres del mundo las han sentido, y las siente una señora mayor, por ejemplo, cuando va al mercado y piensa en lo que puede transmitir a sus nietos, o a sus propios hijos aún, con el solo hecho de ser honesta… Estas necesidades, las siente cuando piensa en ser el ejemplo de una vida que ha sido vivida desde el comienzo hasta el mismo momento en el que es una abuela. Cuando piensa: Quizás el ejemplo de la humanidad que buscamos, más allá de lo particular en lo que nos encontramos, sea esto mismo que yo estoy siendo. Permiso a todas las señoras mayores, que yo no recuerdo haber sido nunca una, que ya bien ganado, o no, todos en ésta humanidad tenemos el lugar que tenemos. Y esas necesidades, de las que la abuela ya satisfizo una, dos, y busca su tercera, son bien simples.
Es sabido hace mucho tiempo, y supuesto desde hace mucho más, que el hombre como todo ser vivo tiene el miedo inmediato a la muerte y el instinto de supervivencia como una de sus primeras necesidades, como una de sus primeras aprehensiones. Bien es ésta la primera necesidad del hombre, como todos supimos y sentimos alguna vez, quizás al nacer cuando no sabíamos qué podíamos hacer para respirar, o tantas veces... quizás cuando un auto casi nos atropella en una esquina que no vigilamos bien.
Existe otra necesidad que todos desde los catorce años, los doce, o los nueve... sentimos. Siempre la necesidad es sobrevivir a la muerte, y aunque quizás parezca absurdo ahora, tan fríamente sentido (o analizado si ni siquiera alcanza a tal categoría), en cualquier momento será el fuego, o el horno en el que nos quemaremos. Perdón por la expresión. Toda necesidad es eso, nos es dado suponer en una primera instancia. Y bajo esta fórmula todavía no probada, como todo bajo este sol, la necesidad del sexo toma el sentido no tan oculto de la supervivencia al cuerpo, a la muerte… a una muerte. No puntualmente a la que nos puede sobrevenir en una esquina cuando un auto no nos vio, que esa es más bien para no sobrevivir a un instante. Esta segunda necesidad tampoco es oculta al hombre, aunque quizás se habría mantenido camuflada al pensamiento por más tiempo.
Nos queda una sola necesidad. Con ésta tenemos que hacer el futuro.
¿Creeremos en esta necesidad?
¿O la haremos un objeto de culpa, cuando no esté cumpliendo su rol de necesidad?
¿Un objeto de euforia, cuando no esté cumpliendo su rol de realidad, constante y sonante?
Como nos pasa con el alimento... que puede ser una de las formas más cotidianas de la primera necesidad en la sociedad actual. O como nos pasa con el sexo, que es la última diversión importante del hombre resignado, y de la mujer (a la que pido permiso, que tampoco he creído nunca ser una de ellas). O como nos pasa en el momento en el que en el sencillo despertar del animal (de este ser vivo que tiene estas necesidades), éste no puede sentirse nunca totalmente natural, y no logramos crear el medio ideal en el que un animal así pueda despertar a la sexualidad de su ser. Pues, creo quizás bueno admitirlo, todavía nos queda a casi todos, algo del sexo por aprender. Y de la cocina... bien se sabe que no bastan todas las recetas conocidas del mundo para acompañar los esquivos estados del ánimo. Y la misma compañía de los estados de ánimo, en menor medida, le hace falta a todos los sexos conocidos.
La muerte está detrás. Los hombres, el hombre y la mujer, le dan la espalda, la nublan por algunos instantes, la ennoblecen en su futuro azote... y crean lo que somos nosotros, el animal con una tercera necesidad: la humanidad.
Una supervivencia, una lucha con la muerte, una danza de cara a ella, un gesto (¿Quién verá ese gesto?) que no es el de evitar la muerte por unos instantes, ni es sobrevivir a través de la memoria del cuerpo, como riqueza del mundo material, físico. Existe la posibilidad de trascender espiritualmente.
El valor de lo que es capaz de trascender espiritualmente en una humanidad -lo particular que se hace eco en una humanidad-, no es algo estructurado, y no es siempre lo que nos imaginamos, muchas veces es exactamente lo contrario. No se trata de aquello que sorprende, no es lo violento lo que trasciende en una humanidad, porque el tiempo es como una montaña de agua (Ola) al lado de las llamas que parecen ser las violencias que solemos hacer.
No es simple esta idea, pero es una tercera necesidad y es suficiente para explicar el mundo, si somos optimistas. Es aquello que nos lleva hacia una humanidad más particular, no es necesario comprenderla toda de golpe, ni hoy, no es necesario avanzar más allá por ahora... Podemos aprovechar este momento histórico. Comenzar la historia de este presente... darnos cuenta de la historia de este presente.
El hombre tiene necesidades. Aprovecharlas todas es un ideal que en un mundo tan increíble como este, es una necesidad.
Tanto en unos tiempos como en otros, dentro de este eón en el que la humanidad, o sin ser tanto: a veces algunos sencillos grupos aislados de personas, hicieron la historia. Porque somos la suma de los hombres que viven la vida, en uno o en otro lugar. Y somos toda la suma, no somos más que eso. Nadie es, en su existencia… y en su cierto presente, algo más por ser miembro de alguna minoría solamente. Nadie es más valioso por ser más particular. Lo más particular está en ser una humanidad particular. Y... la humanidad particular es aquella que es hermosa, sea por obra divina de los dioses, por una voluntad del caos, o por pura casualidad.
Estas necesidades todos los hombres del mundo las han sentido, y las siente una señora mayor, por ejemplo, cuando va al mercado y piensa en lo que puede transmitir a sus nietos, o a sus propios hijos aún, con el solo hecho de ser honesta… Estas necesidades, las siente cuando piensa en ser el ejemplo de una vida que ha sido vivida desde el comienzo hasta el mismo momento en el que es una abuela. Cuando piensa: Quizás el ejemplo de la humanidad que buscamos, más allá de lo particular en lo que nos encontramos, sea esto mismo que yo estoy siendo. Permiso a todas las señoras mayores, que yo no recuerdo haber sido nunca una, que ya bien ganado, o no, todos en ésta humanidad tenemos el lugar que tenemos. Y esas necesidades, de las que la abuela ya satisfizo una, dos, y busca su tercera, son bien simples.
Es sabido hace mucho tiempo, y supuesto desde hace mucho más, que el hombre como todo ser vivo tiene el miedo inmediato a la muerte y el instinto de supervivencia como una de sus primeras necesidades, como una de sus primeras aprehensiones. Bien es ésta la primera necesidad del hombre, como todos supimos y sentimos alguna vez, quizás al nacer cuando no sabíamos qué podíamos hacer para respirar, o tantas veces... quizás cuando un auto casi nos atropella en una esquina que no vigilamos bien.
Existe otra necesidad que todos desde los catorce años, los doce, o los nueve... sentimos. Siempre la necesidad es sobrevivir a la muerte, y aunque quizás parezca absurdo ahora, tan fríamente sentido (o analizado si ni siquiera alcanza a tal categoría), en cualquier momento será el fuego, o el horno en el que nos quemaremos. Perdón por la expresión. Toda necesidad es eso, nos es dado suponer en una primera instancia. Y bajo esta fórmula todavía no probada, como todo bajo este sol, la necesidad del sexo toma el sentido no tan oculto de la supervivencia al cuerpo, a la muerte… a una muerte. No puntualmente a la que nos puede sobrevenir en una esquina cuando un auto no nos vio, que esa es más bien para no sobrevivir a un instante. Esta segunda necesidad tampoco es oculta al hombre, aunque quizás se habría mantenido camuflada al pensamiento por más tiempo.
Nos queda una sola necesidad. Con ésta tenemos que hacer el futuro.
¿Creeremos en esta necesidad?
¿O la haremos un objeto de culpa, cuando no esté cumpliendo su rol de necesidad?
¿Un objeto de euforia, cuando no esté cumpliendo su rol de realidad, constante y sonante?
Como nos pasa con el alimento... que puede ser una de las formas más cotidianas de la primera necesidad en la sociedad actual. O como nos pasa con el sexo, que es la última diversión importante del hombre resignado, y de la mujer (a la que pido permiso, que tampoco he creído nunca ser una de ellas). O como nos pasa en el momento en el que en el sencillo despertar del animal (de este ser vivo que tiene estas necesidades), éste no puede sentirse nunca totalmente natural, y no logramos crear el medio ideal en el que un animal así pueda despertar a la sexualidad de su ser. Pues, creo quizás bueno admitirlo, todavía nos queda a casi todos, algo del sexo por aprender. Y de la cocina... bien se sabe que no bastan todas las recetas conocidas del mundo para acompañar los esquivos estados del ánimo. Y la misma compañía de los estados de ánimo, en menor medida, le hace falta a todos los sexos conocidos.
La muerte está detrás. Los hombres, el hombre y la mujer, le dan la espalda, la nublan por algunos instantes, la ennoblecen en su futuro azote... y crean lo que somos nosotros, el animal con una tercera necesidad: la humanidad.
Una supervivencia, una lucha con la muerte, una danza de cara a ella, un gesto (¿Quién verá ese gesto?) que no es el de evitar la muerte por unos instantes, ni es sobrevivir a través de la memoria del cuerpo, como riqueza del mundo material, físico. Existe la posibilidad de trascender espiritualmente.
El valor de lo que es capaz de trascender espiritualmente en una humanidad -lo particular que se hace eco en una humanidad-, no es algo estructurado, y no es siempre lo que nos imaginamos, muchas veces es exactamente lo contrario. No se trata de aquello que sorprende, no es lo violento lo que trasciende en una humanidad, porque el tiempo es como una montaña de agua (Ola) al lado de las llamas que parecen ser las violencias que solemos hacer.
No es simple esta idea, pero es una tercera necesidad y es suficiente para explicar el mundo, si somos optimistas. Es aquello que nos lleva hacia una humanidad más particular, no es necesario comprenderla toda de golpe, ni hoy, no es necesario avanzar más allá por ahora... Podemos aprovechar este momento histórico. Comenzar la historia de este presente... darnos cuenta de la historia de este presente.
El hombre tiene necesidades. Aprovecharlas todas es un ideal que en un mundo tan increíble como este, es una necesidad.
lunes, 2 de mayo de 2011
Dos palabras nuevas para el diccionario.
Estaba pensando en sintetizar el hablar de las dimensiones de la belleza en una palabra nueva. Pero entonces me di cuenta que cuando pensaba en esto pensaba en dos cosas: en aquellas dimensiones de la belleza que son dulces, suaves, pero también en aquellas que son un tanto amargas, fuertes, que hacen que la belleza sea más belleza que ninguna otra. Entonces preferí buscarle dos palabras.
Estas palabras van a devenir de Dimensión y de Belleza.
Dimeza, sabe enteramente que es una dimensión, y llega a zambullirse a último momento dentro de la belleza. En el justo tiempo.
Bemensión, es belleza antes que nada, y luego recorre las plácidas distancias de su dimensión.
Estas palabras van a devenir de Dimensión y de Belleza.
Dimeza, sabe enteramente que es una dimensión, y llega a zambullirse a último momento dentro de la belleza. En el justo tiempo.
Bemensión, es belleza antes que nada, y luego recorre las plácidas distancias de su dimensión.
lunes, 10 de enero de 2011
Del miedo a la inseguridad
La única manera de vencerlo es entregarse totalmente a la vida. No temer perder todo lo que se tiene materialmente, y todo aquello que se tiene mentalmente pero no sentimentalmente. No temer perder aquellas ideas que no sean reales, aquellas ilusiones que no sean sensibles en algún punto, ilusiones que desconocen u ocultan ciertos aspectos de la realidad.
La única felicidad real es la de vivir las ilusiones que son reales. No quepa ninguna duda que estas son las ilusiones más grandes que podamos imaginar, o crear. La energía, la fuerza, solo viene del mundo.
La única felicidad real es la de vivir las ilusiones que son reales. No quepa ninguna duda que estas son las ilusiones más grandes que podamos imaginar, o crear. La energía, la fuerza, solo viene del mundo.
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