El hombre tiene necesidades.
Tanto en unos tiempos como en otros, dentro de este eón en el que la humanidad, o sin ser tanto: a veces algunos sencillos grupos aislados de personas, hicieron la historia. Porque somos la suma de los hombres que viven la vida, en uno o en otro lugar. Y somos toda la suma, no somos más que eso. Nadie es, en su existencia… y en su cierto presente, algo más por ser miembro de alguna minoría solamente. Nadie es más valioso por ser más particular. Lo más particular está en ser una humanidad particular. Y... la humanidad particular es aquella que es hermosa, sea por obra divina de los dioses, por una voluntad del caos, o por pura casualidad.
Estas necesidades todos los hombres del mundo las han sentido, y las siente una señora mayor, por ejemplo, cuando va al mercado y piensa en lo que puede transmitir a sus nietos, o a sus propios hijos aún, con el solo hecho de ser honesta… Estas necesidades, las siente cuando piensa en ser el ejemplo de una vida que ha sido vivida desde el comienzo hasta el mismo momento en el que es una abuela. Cuando piensa: Quizás el ejemplo de la humanidad que buscamos, más allá de lo particular en lo que nos encontramos, sea esto mismo que yo estoy siendo. Permiso a todas las señoras mayores, que yo no recuerdo haber sido nunca una, que ya bien ganado, o no, todos en ésta humanidad tenemos el lugar que tenemos. Y esas necesidades, de las que la abuela ya satisfizo una, dos, y busca su tercera, son bien simples.
Es sabido hace mucho tiempo, y supuesto desde hace mucho más, que el hombre como todo ser vivo tiene el miedo inmediato a la muerte y el instinto de supervivencia como una de sus primeras necesidades, como una de sus primeras aprehensiones. Bien es ésta la primera necesidad del hombre, como todos supimos y sentimos alguna vez, quizás al nacer cuando no sabíamos qué podíamos hacer para respirar, o tantas veces... quizás cuando un auto casi nos atropella en una esquina que no vigilamos bien.
Existe otra necesidad que todos desde los catorce años, los doce, o los nueve... sentimos. Siempre la necesidad es sobrevivir a la muerte, y aunque quizás parezca absurdo ahora, tan fríamente sentido (o analizado si ni siquiera alcanza a tal categoría), en cualquier momento será el fuego, o el horno en el que nos quemaremos. Perdón por la expresión. Toda necesidad es eso, nos es dado suponer en una primera instancia. Y bajo esta fórmula todavía no probada, como todo bajo este sol, la necesidad del sexo toma el sentido no tan oculto de la supervivencia al cuerpo, a la muerte… a una muerte. No puntualmente a la que nos puede sobrevenir en una esquina cuando un auto no nos vio, que esa es más bien para no sobrevivir a un instante. Esta segunda necesidad tampoco es oculta al hombre, aunque quizás se habría mantenido camuflada al pensamiento por más tiempo.
Nos queda una sola necesidad. Con ésta tenemos que hacer el futuro.
¿Creeremos en esta necesidad?
¿O la haremos un objeto de culpa, cuando no esté cumpliendo su rol de necesidad?
¿Un objeto de euforia, cuando no esté cumpliendo su rol de realidad, constante y sonante?
Como nos pasa con el alimento... que puede ser una de las formas más cotidianas de la primera necesidad en la sociedad actual. O como nos pasa con el sexo, que es la última diversión importante del hombre resignado, y de la mujer (a la que pido permiso, que tampoco he creído nunca ser una de ellas). O como nos pasa en el momento en el que en el sencillo despertar del animal (de este ser vivo que tiene estas necesidades), éste no puede sentirse nunca totalmente natural, y no logramos crear el medio ideal en el que un animal así pueda despertar a la sexualidad de su ser. Pues, creo quizás bueno admitirlo, todavía nos queda a casi todos, algo del sexo por aprender. Y de la cocina... bien se sabe que no bastan todas las recetas conocidas del mundo para acompañar los esquivos estados del ánimo. Y la misma compañía de los estados de ánimo, en menor medida, le hace falta a todos los sexos conocidos.
La muerte está detrás. Los hombres, el hombre y la mujer, le dan la espalda, la nublan por algunos instantes, la ennoblecen en su futuro azote... y crean lo que somos nosotros, el animal con una tercera necesidad: la humanidad.
Una supervivencia, una lucha con la muerte, una danza de cara a ella, un gesto (¿Quién verá ese gesto?) que no es el de evitar la muerte por unos instantes, ni es sobrevivir a través de la memoria del cuerpo, como riqueza del mundo material, físico. Existe la posibilidad de trascender espiritualmente.
El valor de lo que es capaz de trascender espiritualmente en una humanidad -lo particular que se hace eco en una humanidad-, no es algo estructurado, y no es siempre lo que nos imaginamos, muchas veces es exactamente lo contrario. No se trata de aquello que sorprende, no es lo violento lo que trasciende en una humanidad, porque el tiempo es como una montaña de agua (Ola) al lado de las llamas que parecen ser las violencias que solemos hacer.
No es simple esta idea, pero es una tercera necesidad y es suficiente para explicar el mundo, si somos optimistas. Es aquello que nos lleva hacia una humanidad más particular, no es necesario comprenderla toda de golpe, ni hoy, no es necesario avanzar más allá por ahora... Podemos aprovechar este momento histórico. Comenzar la historia de este presente... darnos cuenta de la historia de este presente.
El hombre tiene necesidades. Aprovecharlas todas es un ideal que en un mundo tan increíble como este, es una necesidad.
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