viernes, 11 de junio de 2010

El árbol de las ilusiones.

Hay quien dice que construimos un edificio con nuestras ilusiones. Que construimos sus cimientos, que ponemos ladrillo sobre ladrillo para edificar, piso por piso nuestro mundo de ilusiones. Hay quienes dicen que terminar una relación es como destruir un edificio. Derrumbarlo. Hay quienes piensan que luego de una relación terminada, se juntan escombros, no sé si para tener el suelo limpio o para reutilizarlos en nuevos materiales de la construcción.
Pero un amigo me dio la idea de que nuestras ilusiones conforman un árbol. Un árbol que está vivo. Comienza desde una mínima semilla, que a su vez es ilusión de otro ser vivo. Continúa siendo una pequeña planta, crece con sus hojas, su tallo y sus raíces… Se ramifica en ilusiones que abarcan las cosas que nos pasan en la vida, moviéndose hacia un sol y bajo diferentes ritmos de diferentes actores naturales, que rigen nuestras ilusiones. Se alimenta de la tierra, del aire y del sol. Este árbol está siempre consciente de la vida y de la muerte, tiene hojas que mueren, ramas enteras, y a veces porciones importantes de su tronco, o ramas principales, se secan, se pudren, o se rompen y se caen. Terminar una relación es secar una rama, normalmente la principal. Hay que aprender a vivir con una parte del cuerpo muerto, hay que entender que esa parte está muerta, y terminar por secarla del todo, hasta que un día tal vez caiga. Hay que aprender, en esos momentos, a dar vida a las ramas vivas… aferrarse a las raíces, a las raíces más vivas, saber dónde está la vida luego de saber dónde está la muerte.

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