Cuando a mí no me gustaban las luciérnagas
yo les tenía ese rechazo porque me parecían
fugaces. En realidad me habían decepcionado.
Me gustaban. Pero duraban muy poco encendidas.
Me producían una angustia. Yo era un niño bastante angustiado para aquel entonces.
Angustia como de morir. Como de no poder vivir...
Como si no pudieran vivir esa belleza que eran
aunque fuera tanta belleza.
Al final, duraban tan poco dentro de los minutos de la noche
como esos pocos días de verano dentro del largo año, que llegaba a endurecerme de frío.
Sin embargo. No sé si la noche cambió la distribución o densidad de los segundos dentro de los minutos, o el frío se difuminó o diluyó en otras nuevas estaciones, tal vez atajos o comunicaciones de días que antes parecían lejanos. Pero las luciérnagas me empezaron a gustar.
Ante la ausencia, lo más fugaz puede convertirse en algo muy valioso. Y la belleza puede ser humilde.
La ausencia no fue una condición externa, sino un vacío interno. Algo que pudo cambiarse. Algo que construyó una nueva presencia.
La belleza, entonces, pudo ser humilde. Pudo ser verdadera. Pudo trascender un primer dolor.
Ahora me gustan las luciérnagas aunque busco todavía un momento en el que pueda disfrutarlas plenamente. Busco la tarde de verano que se transforme en cielo estrellado de minutos llenos de segundos y luciérnagas dentro de intimidades amplias como un campo, intimidades libres y frescas, trabajadas y amadas como una porción de tierra.
Me gusta lo fugaz, la transformación, la creación y ese volver un aprendizaje a una angustia, o a un dolor. La vorágine de la vida, más allá de mí, donde yo pueda trascender mis límites o los que he creído han sido mis límites, me apasiona. Y lo que quiero me cierra por dos lados a la vez. Porque yo trasciendo hacia lo demás, dejando de sufrir porque se apague la luz de una luciérnaga, y porque lo demás se llena de mi experiencia, porque la noche fría se multiplica en estrellas y luciérnagas y en otras, tantas otras cosas, dentro de mí.
jueves, 20 de diciembre de 2012
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